El prólogo
Las máquinas se quedaron con todo lo demás. Nunca aprendieron a pescar.
De tu último día de trabajo a tu primer lance.

iLa ciudad había aprendido a arreglárselas sin la gente. Los autos se manejaban solos, los robots repartían los pedidos y la IA trabajaba más rápido y más barato. A los humanos les quedaba cada vez menos trabajo.

iiHasta que un día te tocó a ti. Sin reunión con el jefe, sin despedirte de nadie: solo un mensaje en la pantalla. Tu puesto había sido automatizado.

iiiLa casa se sentía extrañamente callada. Doce años de trabajo cabían en una sola caja. Y por primera vez en años, no tenías nada planeado para la noche.

ivEntonces te acordaste de lo que más te gustaba. La vieja caña de spinning, la sacadera y la caja de pesca seguían justo donde las habías dejado.

vEntre el equipo aparecieron unas fotos viejas. Madrugadas, orillas tranquilas, tu primer trofeo. Qué fácil es olvidar lo que alguna vez te hizo feliz.

viDoscientos justos en la cuenta. El pasaporte en el cajón. Alcanza para un boleto. Solo de ida.

viiLa ciudad desapareció allá abajo, y con ella el trabajo, las fechas de entrega y los planes. Pasaporte en mano, caña en la maleta. De ahora en adelante, tu horario lo ponen los peces.












